¿Qué es realmente el estrés?

Vivimos en una sociedad que ha convertido el estrés en una palabra cotidiana.

Es común escuchar frases como:

"Estoy muy estresado."

"No doy más."

"No tengo tiempo para nada."

"Siento que vivo apagando incendios."

Para muchas personas, el estrés parece haberse convertido en una forma normal de vivir.

Sin embargo, que sea frecuente no significa que sea saludable.

Comprender qué es realmente el estrés constituye el primer paso para evitar que termine afectando la salud física, el bienestar emocional y la calidad de vida.

El estrés también cumple una función importante

Al igual que la ansiedad, el estrés no apareció para perjudicarnos.

Su función consiste en ayudar al organismo a responder ante situaciones que exigen adaptación.

Cuando enfrentamos un reto importante, una fecha límite, una emergencia o cualquier circunstancia que requiere un esfuerzo adicional, nuestro cuerpo moviliza recursos para responder de la mejor manera posible.

Aumenta el estado de alerta.

Se incrementa la concentración.

Los músculos se preparan para la acción.

El organismo utiliza más energía.

Durante un tiempo limitado, esta respuesta resulta completamente adaptativa.

De hecho, sin ella sería mucho más difícil afrontar los desafíos de la vida cotidiana.

El problema no aparece porque exista estrés.

El problema comienza cuando el organismo permanece demasiado tiempo funcionando como si nunca pudiera dejar de defenderse.

El estrés no siempre es negativo

Existe la creencia de que todo estrés es perjudicial.

No es así.

Un nivel moderado de estrés puede ayudarnos a prepararnos para una entrevista de trabajo, rendir mejor en un examen, responder ante una emergencia o afrontar un cambio importante.

Este tipo de activación favorece el rendimiento y la adaptación.

Sin embargo, cuando las exigencias superan de forma constante la capacidad de recuperación del organismo, el estrés deja de ser un aliado y comienza a convertirse en una carga.

El cuerpo ya no encuentra momentos suficientes para descansar.

La mente permanece en estado de alerta.

Y poco a poco aparecen el agotamiento, la irritabilidad y la sensación de que cualquier nueva dificultad resulta demasiado pesada.

Estrés y ansiedad no son lo mismo

Aunque suelen presentarse juntos, representan procesos diferentes.

El estrés aparece como respuesta a demandas internas o externas que requieren adaptación.

Puede estar relacionado con el trabajo, la familia, las responsabilidades económicas, los estudios o cambios importantes en la vida.

La ansiedad, por su parte, se caracteriza por la anticipación de amenazas, la preocupación excesiva y la sensación de peligro futuro.

Una persona puede atravesar un periodo muy exigente sin desarrollar un trastorno de ansiedad.

Del mismo modo, alguien puede experimentar ansiedad intensa incluso cuando las demandas externas no parecen especialmente elevadas.

Comprender esta diferencia permite identificar con mayor claridad qué está ocurriendo y cuál es la mejor manera de intervenir.

¿Qué ocurre en el cuerpo cuando el estrés se mantiene durante mucho tiempo?

Nuestro organismo está preparado para tolerar periodos de esfuerzo.

Lo que no está diseñado para soportar es un estado permanente de activación.

Cuando el estrés se prolonga durante semanas o meses, pueden comenzar a aparecer manifestaciones como:

  • cansancio constante;
  • dificultades para dormir;
  • tensión muscular;
  • dolores de cabeza frecuentes;
  • molestias digestivas;
  • irritabilidad;
  • dificultades para concentrarse;
  • sensación de agotamiento físico y mental;
  • disminución de la motivación.

Con el paso del tiempo, estas manifestaciones también pueden afectar la forma en que la persona se relaciona con los demás, toma decisiones y afronta los problemas cotidianos.

No es extraño que alguien sometido a un elevado nivel de estrés responda con menor paciencia, se sienta emocionalmente desbordado o pierda interés por actividades que antes disfrutaba.

El estrés no depende únicamente de lo que ocurre a tu alrededor

Dos personas pueden enfrentarse exactamente a la misma situación y experimentar niveles de estrés completamente diferentes.

¿Por qué ocurre esto?

Porque el estrés no depende solo de los acontecimientos externos.

También influye la forma en que interpretamos las situaciones, los recursos personales con los que contamos para afrontarlas, nuestras experiencias previas, el apoyo social disponible y los hábitos que hemos desarrollado a lo largo de la vida.

No siempre podemos elegir lo que sucede.

Pero sí podemos fortalecer la manera en que respondemos a ello.

Esta es una de las razones por las que la psicoterapia resulta tan útil en el manejo del estrés.

El objetivo no consiste únicamente en reducir las exigencias externas, sino también en desarrollar recursos internos que permitan afrontarlas de una forma más saludable.

Cuando el estrés empieza a pasar factura

Hay momentos en los que el estrés deja de ser una respuesta temporal y comienza a convertirse en un estilo de vida.

La persona se despierta cansada.

Trabaja con sensación permanente de urgencia.

Descansa sin recuperarse realmente.

Pierde la paciencia con facilidad.

Deja de disfrutar de aquello que antes le producía bienestar.

Y termina creyendo que vivir agotado es simplemente parte de ser adulto.

Cuando el estrés alcanza este punto, ya no solo afecta el rendimiento.

Empieza a afectar la salud, las relaciones, la capacidad para tomar decisiones y el bienestar emocional.

Reconocer estas señales no significa que hayas fracasado.

Significa que tu organismo lleva demasiado tiempo intentando adaptarse sin disponer de suficientes espacios para recuperarse.

Recuperar el equilibrio es posible

El estrés crónico puede hacer que la persona sienta que nunca volverá a recuperar la tranquilidad.

Sin embargo, esa sensación no representa una realidad permanente.

Con una adecuada comprensión del problema, cambios progresivos en el estilo de vida y un proceso terapéutico orientado a fortalecer los recursos personales, es posible reducir significativamente el impacto del estrés y recuperar una sensación de equilibrio.

No se trata de eliminar todos los desafíos.

La vida seguirá presentando responsabilidades, cambios e incertidumbres.

El verdadero objetivo consiste en aprender a responder a esas exigencias sin que el organismo permanezca atrapado en un estado constante de alerta.

Porque una vida saludable no es aquella en la que nunca existe estrés.

Es aquella en la que el esfuerzo y la recuperación logran mantenerse en equilibrio.

Un proceso psicológico puede ayudarte a identificar las fuentes de estrés, fortalecer tus recursos personales y construir estrategias para cuidar tu bienestar.

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